Haciendo la internet de las personas – Radar Libre

Haciendo la internet de las personas

Llevamos meses escuchando sobre la construcción de una nueva normalidad post-pandemia. ¿Quiénes la están definiendo? ¿Estamos siendo parte de esa construcción? ¿Qué tiene de nueva? ¿Es el futuro que deseamos?

Por Cecilia Ortmann y Berna Gaitán Otarán | Publicado originalmente en Revista Barriletes – Agosto de 2020

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Desde hace algunos años – décadas en algunos casos –, diversos colectivos, activistas y militantes venimos debatiendo, resistiendo, proponiendo y construyendo a largo plazo un camino a la soberanía y autonomía tecnológica. Las discusiones van desde el acceso a internet y la neutralidad de la red, a cómo cuidar la tan desdeñada privacidad y poner más atención en el valor de nuestros datos; pasando también por la necesidad de reflexionar sobre las tecnologías que usamos y en las posibilidades de co-crearlas; y por el acceso, la copia, el remix y la difusión de todo tipo de obras culturales (pelis, libros, música y un largo etcétera). De todo esto se venía charlando, discutiendo, consensuando en ciertos nichos o círculos, cuando llegó la pandemia y esos problemas se agudizaron y las inquietudes tomaron mayor escala.

Así, frente a problemas viejos, aparecieron las mismas lógicas tecnológicas vestidas de soluciones innovadoras que solo refuerzan o profundizan las desigualdades estructurales existentes. Toda nuestra capacidad de comunicarnos a distancia, de educarnos, de entretenernos y socializar, de trabajar, quedó en manos de unas pocas empresas. De esta forma la esperanza de arribar a una post-pandemia, a la tan mencionada “nueva normalidad”, parece depender de cuán hábiles logremos movernos en ciertas plataformas digitales – sean las que ya conocemos, las que recién se están instalando o las que pujan por convertirse en el estándar de la industria.

Tibiamente se escuchan algunas voces que debaten que detrás de esa “adaptación” también va la resignación de derechos de todo tipo: de nuestra intimidad y privacidad, de las condiciones de trabajo y las posibilidades de ocio, del acceso a la información y a bienes culturales, etc.

Los grandes matones de la internet

Intervención en Santiago de Chile

Algunos días atrás, en junio, el Financial Times reseñó el top 100 de empresas que crecieron en valor de mercado desde la declaración de pandemia en marzo, incluyendo también el crecimiento patrimonial de sus fundadores, dueños o principales accionistas basado en los números del ranking de millonarios de Forbes. Es importante ver cómo el ranking está encabezado por aquellas vinculadas a tecnologías, un sector altamente concentrado. Los números son en millones de dólares.

Después del indiscutido puesto #1 de Amazon, Microsoft (#2) creció en US$ 269.000 y Bill Gates aumentó su patrimonio apróximadamente un 12%. Algo similar sucedió con Apple (#3), con un salto de US$ 219.000 respecto al inicio de la pandemia y Laurene Powell Jobs vio crecer su fortuna un 26%.

Las startups de Silicon Valley también ocupan un lugar privilegiado en el ranking, aunque algunos puestos más atrás. Facebook (#6) creció US$ 85.000 y como espejo la cuenta de Mark Zuckerberg se incrementó casi un 60%. Alphabet, la ex Google (#8) sumó US$ 68.000 y tanto Larry Page como Sergey Brin, “engordaron” su CBU alrededor de un 29%. Netflix (#12) subió en US$ 55.000 su valor y la fortuna de Reed Hastings, su fundador y director ejecutivo, hizo lo propio en casi un 30%.

La gran “novedad” de esta pandemia ha sido la empresa Zoom (#15), que con su plataforma de videollamadas aumentó su cuota de mercado US$ 48.000, y su creador y principal accionista Eric Yuan abultó su cuenta bancaria a casi el doble, un 98%.

Entre los jugadores “locales”, Mercado Libre (#37) creció en valor US$ 18.000 y el patrimonio de Marcos Galperin, a más del doble, llegando a US$ 4.100.

Las mecanismos por los cuales incrementaron sus ingresos a semejante escala son, en algunos casos, más “transparentes” (aunque no por eso menos feroces), dado que el acceso exige una suscripción paga o abono por los servicios, como sucede por ejemplo con Netflix, Amazon o Mercado Libre.

En otros casos, la supuesta gratuidad de las plataformas oculta un manejo aún más turbio de las pautas publicitarias mediante la extracción abusiva y la comercialización de datos de usuaries, y a su vez la manipulación de los contenidos publicados en las plataformas según algoritmos que privilegian los intereses políticos y económicos de estas corporaciones y de sus aliados. Los casos más emblemáticos son Facebook y Google.

De cualquiera manera, la “clave del éxito” es un gigante de dos patas que, como decíamos al principio, desde hace tiempo distintos colectivos y espacios activistas venimos intentando derribar. Por un lado, nos muestran una vida donde la tecnología es imprescindible. El advenimiento sin previo aviso -y en un principio, provisorio- de una virtualización obligada le allanó el terreno a estas corporaciones para corroborar la hipótesis que ellas mismas habían instalado: necesitamos de la tecnología para todas y cada una de las tareas de nuestra vida. Este argumento se cae a pedazos cuando nos alejamos un poco de los grandes centros urbanos o cuando nos acercamos a sectores que, incluso habitando grandes ciudades, no tienen acceso a las tecnologías o a conexión de calidad desde antes de la pandemia.

Por otro lado, y con mucha más fuerza, estos monopolios son exitosos al presentarse implícitamente como tales: no sólo no podemos vivir sin la tecnología, sino que necesitamos exclusivamente esas tecnologías. Ya no podemos evocar aniversarios o fechas de cumpleaños sin que Facebook nos lo recuerde; no podemos instalar un tema de conversación sin un hashtag en Twitter; no podemos difundir una convocatoria sino es por grupos de WhatsApp; no podemos estudiantes y docentes sostener el vínculo pedagógico sin Google Classroom; no podemos tener una reunión, charla o conferencia sin utilizar Zoom.

Entonces, ganan con la pandemia no sólo en términos económicos -aunque claramente esas cifras millonarias no hacen más que agrandar las brechas e incrementar la concentración del poder- sino que fundamentalmente ganan al instalarse como las únicas soluciones, exclusivas y excluyentes, en un escenario que parece no dejar lugar a lo colaborativo, a lo comunitario, a la construcción horizontal, solidaria, autónoma y comprometida.

Re-imaginando horizontes tecnológicos

Mapeo Colaborativo de una red de internet comunitaria | Foto: Niamfrifruli | CC BY SA

En un escenario de total dependencia y destino ineludible como el que nos plantean estas empresas en la actualidad, las personas -como individuos y como colectivo- carecemos del derecho a conocer y controlar todos los procesos vinculados a las tecnologías que regulan nuestras propias vidas. Sin embargo, es posible vislumbrar otros horizontes cuando empezamos a imaginar, a pensar, a construir otra relación con otras tecnologías.

Hay quienes, en lugar de proponer huidas desde tecnologías corporativas, de manera individual o sectorial, buscan que las estrategias sean colectivas. Y es acá donde la “comunidad” y lo “colaborativo” dejan de ser un slogan marketinero para recuperar una mirada política donde el saber es compartido, el conocimiento se construye en redes de pares, las experiencias se valoran en su diversidad, y la autonomía y la autogestión motorizan las prácticas colectivas. Emergen así propuestas desde organizaciones y comunidades, que ponen en común tecnologías, saberes y ciertos contenidos libres.

Un primer ejemplo a considerar son las Coberturas Colaborativas, para pensarlas en tanto estrategias de disputa y construcción de sentidos en territorios digitales. Son movidas impulsadas por un grupo de mediactivistas de Paraná y Santa Fe, que hicieron foco en la Wikipedia y en el repositorio Wikimedia Commons como herramientas colaborativas para difundir y visibilizar luchas. Es un espacio donde las fotografías “liberadas” quedan disponibles para ilustrar artículos de la enciclopedia libre, pero también permiten construir una memoria digital común, libre, abierta y con posibilidades de seguir creciendo.

Este banco de imágenes incluye material de las movilizaciones del pasado reciente en Paraná y Santa Fe – por ejemplo, por la inundación de 2003, la Escuela Pública Itinerante, el conflicto universitario de 2018 y los últimos 24 de marzo. También de expresiones festivas populares como los Carnabarriales realizados en el Centro Social y Cultural El Birri.

Coberturas colaborativas del carnabarrial | Foto: Niamfrifruli | CC BY SA

Pero sin dudas, el principal despliegue está en los registros fotográficos colaborativos en relación a luchas feministas en ambas capitales provinciales — pañuelazos por el aborto legal, convocatorias de colectivos LGBT, 8M o Paro Internacional de Mujeres. Esta dinámica se generó a partir de encuentros donde fotógrafas – con mayor o menor nivel de formación técnica – debatieron por qué y cómo visibilizar estas luchas, por qué hacerlo de forma colectiva. Puntualmente en Santa Fe, la propuesta coincidió con una necesidad de la Mesa Ni Una Menos de cubrir las movidas y recuperar materiales de años anteriores que estaban dando vueltas en las redes, con la idea de generar nuevas piezas comunicacionales para difundir actividades.

En el repositorio se pueden acceder a más de 4300 imágenes hechas en su gran mayoría por fotógrafas mujeres. Sin embargo, el número puede crecer en base a futuros aportes que pueda recibir.

En cuanto a despliegues de infraestructura, uno de los ejemplos más significativos son las diversas comunidades que conforman la Cumbre Argentina de Redes Comunitarias, que autogestionan su propia forma de conectarse a internet.

Esta movida comenzó algunos años atrás en diversos pueblos o parajes de la provincia de Córdoba, como una posibilidad de conexión para quienes viven en lugares que no son rentables para las empresas. Y fue ampliando sus redes y compartiendo metodologías con comunidades indígenas, barrios o asentamientos populares rurales y urbanos, en Jujuy, Salta, provincia de Santa Fe y Ciudad Autónoma de Buenos Aires. El proceso promueve un aprendizaje y una apropiación tecnológica en colaboración de pares y con software libre. Implica perder el temor a desarmar y adaptar artefactos – por ejemplo, los módems – e intervenir sobre su software de funcionamiento.

Taller de instalación con Libre Router | Foto: Niamfrifruli | CC BY SA

Las redes comunitarias libres emergen con el doble propósito de garantizar el derecho al acceso a internet y, al mismo tiempo, que las comunidades sean creadoras de su “pedacito de internet”, de manera autogestiva, colaborativa y de acuerdo a sus tradiciones. Algunas experiencias están en una incipiente tarea de lograr espacios de confluencia con bases ya organizadas alrededor de problemáticas y discusiones comunes. Por ejemplo, con movimientos campesinos que luchan por el derecho a la tierra y la soberanía alimentaria, con radios comunitarias con militancia por el derecho a la comunicación. Estas organizaciones muchas veces habitan y comparten territorios de conflictos, donde además de tener esos derechos vulnerados, no cuentan con acceso a internet ni datos en el celular, tienen acotadas posibilidades de construir narrativas propias, o una documentación colectiva de sus saberes, una memoria de sus luchas, etc.

En relación a las plataformas de comunicación, hay un amplio universo de redes sociales libres que promueven las prácticas de cuidado y anonimato, la soberanía tecnológica y la autogestión, entre otras, y se presentan como ámbitos fértiles para construir y resignificar las tecnologías desde los activismos. Partiendo de una crítica a las redes sociales corporativas, invitan a habitar espacios digitales construidos sobre pilares más emparentados con los valores y propósitos sociales, políticos y comunitarios de nuestras organizaciones y colectivos.

Sin dudas la desvinculación de las “big tech” o los servicios corporativos, tal vez no sea un tránsito simple. En algún momento, ante la necesidad “inevitable” de utilizar estas plataformas de uso masivo, se solía priorizar el mal menor – ¿cuál era la menos insegura? ¿cuál vulneraba menos nuestros derechos? –. Quizás este momento histórico sea el oportuno para dar vuelta la ecuación: si la propuesta es la “internet de las cosas”, consolidemos, amplifiquemos, repliquemos e interconectemos pequeñas internet de las personas.

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